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  • SOMOS HIJOS DE DIOS PARTE 6

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    Somos hijos de Dios…

    “Díjose entonces Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen y a nuestra semejanza” ( Gén 1, 26). Como si el Creador entrase en sí mismo; como si al crear, no sólo llamase de la nada a la existencia con la palabra “hágase”, sino que de forma particular sacase al hombre del misterio de su propio Ser . Y se comprende, pues no se trata sólo del existir, sino de la imagen. La imagen debe “reflejar”, debe como reproducir en cierto modo “la sustancia” de su Modelo. El Creador dice además “a nuestra semejanza”. Es obvio que no se debe entender como un “retrato “, sino como un ser vivo que vive una vida semejante a la de Dios . “Y creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó, y los creó macho y hembra” ( Gén 1, 27). “Y los bendijo Dios diciéndoles: Procread y multiplicaos, y henchid la tierra; sometedla y dominad sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre los ganados y sobre todo cuanto vive y se mueve sobre la tierra” ( Gén 1, 28). “Y vio Dios ser muy bueno cuanto había hecho” ( Gén 1, 28), parecen el eco de esta bendición.

    El libro del Génesis parece que sale al encuentro de todas estas experiencias de la ciencia y, hablando del hombre en cuanto “imagen de Dios”, da a entender que la respuesta al misterio de su humanidad no se encuentra por el camino de la semejanza con el mundo de la naturaleza. El hombre se asemeja más a Dios que a la naturaleza . En este sentido el Salmo 82, 6 dice: “Sois dioses”, palabras que luego repetirá Jesús (cf. Jn 10, 34).

    De qué somos testigos? De esto: el primer hombre realiza el acto primero y fundamental de conocimiento del mundo. Al mismo tiempo, este acto le permite conocerse y distinguirse a sí mismo, hombre, de todas las otras criaturas y, sobre todo, de quienes en cuanto “seres vivos” -dotados de vida vegetativa y sensitiva- muestran proporcionalmente mayor semejanza con él, con el “hombre”, dotado también de vida vegetativa y sensitiva. Se podría decir que el primer hombre hace lo que de costumbre realiza el hombre de todos los tiempos, es decir, reflexiona sobre su propio ser y se pregunta quién es él.

    Resultado de dicho proceso cognoscitivo es la constatación de la diferencia fundamental y esencial: Soy diferente. Soy más “diferente” que “semejante”. La descripción bíblica termina diciendo: “No había para el hombre ayuda semejante a él” ( Gen 2, 20). Es significativo cómo cada uno de los días de la creación terminan constatando “vio Dios ser bueno”. Y después de la creación del hombre: “…vio ser muy bueno”. Esta constatación se enlaza con la bendición de la creación y, sobre todo, con la bendición explícita del hombre.

    En toda esta descripción está ante nosotros un Dios que se complace en la verdad y en el bien, según la expresión de San Pablo (cf. 1 Cor 13, 6). Allí donde está la alegría que brota del bien, allí está el amor. Y sólo donde hay amor, existe la alegría que procede del bien. El libro del Génesis, desde los primeros capítulos, nos revela a Dios que es amor . Es amor porque goza con el bien. Por consiguiente, la creación es a la vez donación auténtica: donde hay amor, hay don.

    La gracia es un don sobrenatural, que Dios entrega al hombre y que este es capaz de recibirla; y al ser a su imagen y semejanza el hombre se acerca a Dios ya que Dios se complace a hacer el bien y el hombre recibe este don que hace acto de presencia cuando estamos en gracia. Y cuando así estamos el hombre es llamado a la familiaridad con Dios, a la intimidad, y amistad con El.

    Dios quiere ser cercano a El.

    Quiere hacerle participe de sus designios.

    Quiere hacerle participe de su vida.

    Quiere hacerle feliz con su misma felicidad (con su mismo ser)

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